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Firma invitada: China, en el tablero internacional

Marcelo Muñoz, autor del texto, es presidente de Cátedra China ¦

El papel de China en la Asamblea General de la ONU ha sido destacado, especialmente en relación con los Objetivos del Milenio, como programa común para el desarrollo sostenible, erradicar la pobreza, disminuir la desigualdad y defender los derechos de la mujer. Ha coincidido, además, con la visita oficial a Estados Unidos, con el diálogo y la contradicción de intereses entre las dos primeras potencias. Y, todo ello, en vísperas de la cumbre sobre cambio climático en París, que reclama una implicación global. Hay que resaltar, una vez más, que los medios españoles han informado escasamente de todo ello: en nuestra opinión, una manifestación más de que nosotros, desde aquí, no percibimos que China, por la fuerza de los hechos, ya tiene un peso específico en el concierto global.

Como contrapunto, irrumpe en nuestros medios la noticia del tratado comercial transpacífico, firmado por Estados Unidos con varios países del Pacífico americano y otros varios del asiático, incluido Japón, (un total de unos setecientos millones de personas), y que excluye a China, primera potencia comercial mundial, además del resto de países de ambas orillas (que suman más de mil ochocientos millones). Es decir, lo de “transpacífico” es relativo, aunque muy importante. Los medios españoles nos informan profusamente sobre ello, resaltándolo, además, como un acuerdo para contrarrestar el peso de China: “no podemos permitir que países como China escriban las reglas de nuestra economía”, dijo Obama. Desde China se argumenta, por el contrario, que un acuerdo comercial de este tipo no debería hacerse sin China, principal potencia comercial del planeta,  y menos si consideramos que China tiene también acuerdos o grandes intercambios comerciales con todos los países del Pacífico, incluidos los que han firmado el llamado “acuerdo transpacífico de Estados Unidos”.

Es evidente, si bajamos al lenguaje coloquial, que “los hechos son tozudos”. Se ha convertido en tópico hablar del  “gigante asiático”, o de China como la segunda potencia económica mundial, o como la primera potencia emergente. Ya no podemos ignorar que China se ha posicionado con fuerza en el tablero internacional. Pero, en opinión de no pocos analistas occidentales, no hemos integrado este hecho, con todas sus consecuencias, en nuestros análisis. Por otra parte, ningún dato avala que China quiera imponer sus reglas a nadie, aunque es evidente que China sigue otras normas y no admite reglas ajenas como las que, en opinión de analistas de ambos lados, Occidente lleva tiempo imponiendo al resto del mundo.

Es recurrente hablar de la emergencia (reemergencia, para ser más exactos), de China frente al superpoder de Estados Unidos, como si fuese una competencia indebida, cuando no inaceptable. De alguna manera se reactiva, a otro nivel, la bipolaridad USA-URSS que prevaleció durante décadas tras la Segunda Guerra Mundial, o se quiere defender el poder exclusivo de Estados Unidos como primera potencia, que ha prevalecido desde la histórica caída del muro de Berlín. Se da por sentado que se está gestando un nuevo juego de poderes, pero hay gran resistencia a aceptarlo por parte de los países occidentales, obviamente de marcado signo pro-americano, legítimo, por supuesto; pero no existe tal resistencia, por lo general, en los demás países asiáticos.

Se argumenta con frecuencia, y sin necesidad, que Estados Unidos va a seguir siendo la primera potencia: es una realidad no negada ni contestada por los analistas chinos –salvo unos pocos halcones-, ni por el propio gobierno chino. Es más, hay reiteradas afirmaciones de analistas privados y gubernamentales chinos, de que China no aspira a ejercer de superpotencia ni desea suplantar a Estados Unidos en ese papel, aunque sí reclama su puesto de gran potencia.

“¿Por qué, entonces, ese miedo, prevención o sospecha tan frecuentemente expresada, frente a los hechos “tozudos”, que cada día van situando a China en una posición destacada dentro del tablero internacional?”

Al mismo tiempo, se está reclamando a China una mayor implicación en los problemas internacionales (no en lo comercial, pues ya se acepta que China está fuertemente  implicada en el comercio global), sino en relación a los conflictos actuales como la guerra de Siria, o los conflictos crónicos como los de Irak, Palestina, Afganistán… Y hay muchas razones para reclamarlo así desde Occidente, según nuestro punto de vista.

Para valorar con justicia la implicación de China en los conflictos regionales o globales, creemos hay dos premisas muy importantes a tener en cuenta:

  • La primera: China está reemergiendo, no sólo en lo económico, sino como país con peso global. Su declive, su irrelevancia, su ausencia en el ámbito internacional estuvo fundamentalmente  condicionada, desde mediados del XIX: primero, por la invasión y ocupación de las potencias occidentales y Japón, y el sometimiento a “más de un siglo de humillación” y,  después, por el aislamiento al que se la sometió desde Occidente durante la Guerra Fría.
  • La segunda: precisamente porque China había sufrido esa injerencia bélica con muchos millones de víctimas, con la imposición extranjera de lo que se han llamado “los tratados injustos”, tiene un gran sensibilidad “histórica” a todo lo que, en el ámbito internacional, pueda significar injerencia en los asuntos internos de otro país, o todo lo que no sea solución de los conflictos mediante la cooperación, la negociación o el diálogo.

Sobre esos principios, China aboga y apoya los organismos multilaterales (como venimos analizando en detalle en estas mismas páginas), apuesta firmemente por la reestructuración y fortalecimiento de la ONU, y por nuevos organismo multilaterales como el G-20, entre otros múltiples organismos multilaterales, regionales o globales.

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Acerca de Alberto Lebrón (82 artículos)
Economista Investigador en Renmin University of China (中国人民大学) y Corresponsal para toda la Región del Pacífico desde 2009.

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