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Unos planes quinquenales para el cambio en China

Cuando China estaba creciendo a tasas abultadas del 10% se decía, con razón, que aquel era un ritmo insostenible ¦

Ahora que crece tres puntos menos, un siete por ciento, los mismos analistas deslizan la idea absolutamente errónea de una crisis económica en China. “Está reduciéndose el consumo eléctrico del sector industrias”, pregonan quienes al parecer desconocen que las pequeñas y medianas empresas lo han aumentado un 7%. “¡Las caídas en bolsa amenazan con un colapso a la griega!”, repetían otros este pasado verano, ignorando que el mercado chino tan sólo representa una quinta parte del PIB. Las bolsas chinas, por cierto, ya han subido entre agosto y noviembre un 20%. “La clave no está en los datos de coyuntura”, comenta Eva Ma, analista del gigante financiero Caijing. “El análisis económico nunca debe desligarse del proceso de reforma actual”, concluye quien durante las mayores caídas pronosticó acertadamente que la bolsa china acabaría estabilizándose en torno a tres mil quinientos puntos. Por tanto, y siguiendo con esta linea argumental, las principales claves económicas chinas están contenidas dentro del decimotercer plan económico quinquenal correspondiente al periodo 2016-20.

El plan combina medidas estructurales urgentes, como que cualquier pareja china pueda tener desde ahora hasta dos hijos, con otras de más largo plazo. Entre estas últimas se encuentra liberalizar la balanza de capitales, que a su vez exigirá otra reforma del sector financiero para atraer los fondos hacia China. Si ahora se abriese la balanza de capitales, sin haber subido antes los depósitos bancarios o creado una bolsa lo suficientemente líquida, el ahorro chino es previsible que terminaría optando por abandonar el país. Sobre las bolsas, el nuevo plan quinquenal establece claramente que se ampliarán los mercados de acciones y bonos. Esto será positivo también para las pequeñas y medianas empresas, que tienen francamente complicado acceder al crédito ordinario de los omnipotentes bancos estatales, un sesenta por ciento del sistema financiero chino. Según la OCDE, las empresas estatales menos productivas tienen un mejor acceso al crédito que el sector privado, mucho más productivo por lo general. Esta distorsión se arreglará, también, unificando los tipos e incrementando el interés sobre depósitos. Con esto, básicamente, se pretende conseguir dos objetivos. Uno, que el tipo sobre depósito sea lo suficientemente atractivo para evitar una fuga de capitales cuando se liberalice la balanza. Y, en segundo lugar, se trata de aumentar la eficiencia del préstamo bancario presionado por unos tipos sobre depósitos más altos. Dicho con otras palabras, se pretende limitar el préstamo a las grandes empresas estatales cuyos proyectos de inversión ya están presentando rendimientos claramente decrecientes en muchos sectores.

Todo esto, a nivel microeconómico, implica que la empresa privada deberá ir relevando al omnipresente sector público cuyas inversiones masivas han hecho posible esas tasas de producto interior bruto del 10%. Se están cerrando fábricas y centrales energéticas contaminantes. Y monopolios tradicionales, desde sectores como el financiero hasta las materias primas, se abrirán al sector privado para aumentar su eficiencia. El reto consiste en ajustar las industrias sobredimensionadas mientras se promueven otros servicios que, si bien aportan menos valor nominal al PIB, pueden generar más empleo y consumo conforme vayan pasando los años. El crecimiento económico acabaría siendo cada vez menor, sí, pero más sostenible y mejor en términos de bienestar.

De hecho, China crecerá en torno al 6,5% durante todo el periodo 2016-20. Y seguirá reduciendo su ritmo, todavía más, en años posteriores. La aportación del factor trabajo al crecimiento será incluso negativa. El envejecimiento demográfico exigía poner fin a la política del hijo único, como ha ocurrido finalmente, aunque para muchos analistas chinos esta medida haya llegado tarde. Por otra parte, la acumulación de capital aportará menos conforme se vayan reduciendo las inversiones. Y sólo quedará la tecnología como factor determinante del crecimiento futuro de China. Si bien las importaciones chinas están desplomándose, lo cual parece preocupar bastante al mundo, no debemos olvidar que el segundo mayor inversor del planeta continúa siendo China.

Crisis (weiji), en chino, significa “cambio” con “riesgos” y “oportunidades”. No tiene, ni mucho menos, la connotación negativa que podemos darle en Occidente. La derivada medioambiental, con una contaminación galopante, también exige racionalizar recursos escasos como el aire. China está reduciendo su consumo de minerales fósiles mientras apuesta abiertamente por energías que no emiten gases contaminantes como la nuclear. Los vehículos viejos están siendo sustituidos por coches eléctricos. Y habrá que subir los impuestos para financiar proyectos muy ambiciosos como la seguridad social.

Las desigualdades sociales o la dictadura política siguen siendo los principales problemas que actualmente tiene China. Habrá que ver, por tanto, si las reformas permiten llevar a cabo una exitosa transición económica que no degenere en alguna crisis. De momento, los números parecen estar a favor. En 2020, China espera haber duplicado su renta por habitante del año 2010.

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Acerca de Alberto Lebrón (82 artículos)
Economista Investigador en Renmin University of China (中国人民大学) y Corresponsal para toda la Región del Pacífico desde 2009.

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