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Perspectivas económicas en Asia-Pacífico para 2016

Este artículo también lo hemos publicado y puede leerse íntegro en la REVISTA DIRIGENTES ¦

Asia Pacífico está creciendo menos que como lo venía haciendo en años anteriores. Donde hace relativamente poco teníamos a economías creciendo dobles dígitos, como la china, hoy nos estamos encontrando con tasas medias del 6 – 7%. La desaceleración parece algo evidente, sin duda, pero sigue siendo tres puntos más que la media del crecimiento económico mundial previsto para 2016. El país asiático que más crece es Myanmar, donde está completándose una transición democrática tras cinco décadas de dictadura militar, un 8,4% en 2015. Allí abrieron las bolsas, con apoyo japonés y seis empresas locales, donde encontramos una compañía de internet llamada Redlink Communications o gigantes del sector minorista como City Mart Holdings. El crecimiento exponencial del país, y las reformas económicas puestas en marcha, ofrecen ahora importantes oportunidades de inversión. El inversor estadounidense, George Soros, ya tiene sus ojos puestos en este pequeño país del sudeste asiático. La industria agroalimentaria, o los bancos, están emergiendo como sectores estratégicos con un enorme potencial de desarrollo en Myanmar.

Es importante destacar, por otra parte, que solamente el pequeño reino de Brunei sufrió una recesión en 2015. Los demás países están creciendo a buen ritmo, incluida China, que sigue generando tantos empleos como cuando crecía al 10%. Durante 2015, China creció un 6,9%, y seguirá reduciendo su ritmo de crecimiento también en 2016. El sector servicios continúa incrementando su peso en proporción al PIB. Y el valor añadido bruto de las industrias más innovadoras, como por ejemplo la aeroespacial, está creciendo a tasas espectaculares del 26%. China, no perdamos esta perspectiva, invierte fuera del país casi tanto como la inversión que recibe: en torno a cien mil millones de dólares. Y los turistas chinos, además, se han gastado doscientos mil millones de dólares solamente durante 2015. Donde unas puertas se cierran, porque los chinos están reduciendo su consumo de materias primas y sus inversiones en sectores industriales claramente sobredimensionados como el acero, otras oportunidades están abriéndose paso. Las ventas minoristas mediante plataformas de comercio electrónico, sin ir más lejos, aumentaron el año pasado un 33%. Chile, cuyas exportaciones de cobre hacia el gigante asiático se han reducido un tercio desde máximos, ahora está exportando bienes con mucho más valor añadido como aguacates, salmones y otros productos agroalimentarios. China está quitándose grasa mientras potencia un consumo doméstico que aporta menos al crecimiento económico, cuantitativamente hablando, pero mejora la calidad del PIB. Obsérvese, entre otros muchos indicadores, que la renta disponible de las familias chinas volvió a incrementarse un 8% solamente durante 2015. China tiene ahora dos reformas económicas pendientes, de inmenso calado, sobre las cuales está trabajando. Por un lado, la reforma del sistema financiero para liberalizar las transacciones de capital y permitir el cambio sin restricciones del yuan. Y, por otra parte, una reforma del sector estatal que debe terminar con la situación privilegiada de los monopolios públicos introduciendo más competencia. Li Keqiang, el primer ministro chino, sigue reiterando que la reforma del sector estatal será dolorosa para quienes viven en una situación de privilegio monopolístico. Habrá privatizaciones parciales, y se introducirá competencia, con lo que se busca producir más bienes a precios menos abusivos. Se reducirá el margen de los magnates del sector estatal, sin duda, pero esto debe suponer una mejora en bienestar social. Actualmente, las empresas estatales acaparan un ochenta por ciento del crédito concedido pero sólo contribuyen a una quinta parte de los beneficios totales. En términos de empleo total, además, tampoco son estratégicas al aportar solamente un 17%.
Cuando se liberalice la balanza de capitales, también subirán los intereses sobre depósitos para evitar una fuga, y surgirán muchas otras alternativas atractivas con vistas a colocar eficientemente el ahorro. Esto significa que la dinámica perversa del banco público prestando dinero cautivo al sector estatal, más ineficiente cada vez, tiene los días contados. La reforma financiera exigirá una mayor calidad del crédito para poder cumplir con unos tipos más altos sobre depósitos. Se cortará el crédito fácil a las empresas del sector estatal. Y las industrias, en consecuencia, tendrán que incrementar su eficiencia e introducir nuevos competidores para poder satisfacer la demanda china. Esta reforma gemela, del sector financiero y estatal, será la clave más importante del gigante asiático durante 2016. La desaceleración del PIB, lejos de ser una mala noticia, deberá reflejar dicho cambio hacia un nuevo modelo económico donde haya más empresas invirtiendo menos, pero mejor. Ello posibilitará precios competitivos, más producción, bienestar y una mayor competencia salarial, o sea, lo que se necesita para apuntalar el consumo y cambiar el modelo económico. Dicho cambio exige, además, valentía y voluntad política para finalizar las reformas que este país necesita antes de 2020.

Otra nación interesante dentro del sudeste asiático es Vietnam. Su crecimiento económico está siendo del 6,7% en 2015 y 2016. Y, hace solamente un mes, ha renovado la cúpula del poder para los próximos cinco años (su sistema político, una dictadura nominalmente comunista, es idéntico al chino). El problema vietnamita, sin embargo, es que la industrialización del país está paralizada por una mala gestión de las empresas estatales. Su ineficiencia disparó la inflación hasta el 23% en 2011. Los déficit fiscal y por cuenta corriente son elevados. Y hemos visto, incluso, defaults como el de los astilleros Vinashin en 2010. La calidad del sistema educativo vietnamita, su integración internacional y las infraestructuras siguen estando bastante por debajo de países vecinos como Malasia o Tailandia. Sin embargo, es importante recalcar esto, la inversión extranjera directa recibida por Vietnam volvió a crecer un 17% durante 2015. Un fenómeno recurrente en Asia Pacífico está siendo la deslocalización de empresas chinas hacia Vietnam. Los bajos salarios, y la depreciación habitual del dong, son variables determinantes para hacer atractivas las inversiones allí. Sin embargo, y por cerrar este capítulo, preocupa la dependencia de China. El gigante asiático, por ejemplo, sigue representando un tercio de las importaciones vietnamitas y una quinta parte del turismo recibido. Si a todo esto le sumamos las tensiones geopolíticas por los islotes del Mar de China Meridional, abundantes en petróleo y gas natural, no debe extrañarnos que Vietnam haya sido uno de los principales valedores del Acuerdo Comercial Transpacífico o TPP.

Sobre India y Japón ya hemos comentado que este ejercicio será positivo. India espera crecer un 7,5%. Y tanto la confianza empresarial como del consumidor siguen mostrando niveles muy aceptables. Sus cuentas exteriores se sitúan prácticamente en equilibrio, algo inédito durante esta crisis, y la inflación es inferior al objetivo del 6%. Sus exportaciones dependen muy poco de una economía china que está reduciéndolas notablemente. Y su ratio de deuda pública sobre PIB lleva cayendo sostenidamente desde 2004 (hasta alcanzar hoy el 50%). La rupia se mantiene débil, pero estable, todo lo cual hace que no pocas compañías estén invirtiendo allí para exportar. Foxconn, el fabricante taiwanés de los teléfonos i-phone, lleva tiempo deslocalizando su producción desde China hacia la India. Tokio, por su parte, también quiere olvidar la enésima recesión sufrida en 2014. Un menor precio de las materias primas ofrece margen para seguir aplicando estímulos monetarios que impulsen la economía. Nadie espera una inflación superior al medio punto porcentual para 2016. Pero la cuestión nipona, por otra parte, es mucho más compleja que todo esto. Los japoneses siempre tienden a reducir su consumo en tiempos de crisis. Este menor consumo, por otra parte, ha estado desincentivando las inversiones privadas ante una demanda débil y expectativas de deflación. Según datos del Banco de Japón (BOJ), las tenencias líquidas de las empresas japonesas se sitúan hoy en niveles máximos históricos, rozando los dos billones de dólares. Esto representa un enorme potencial de inversión no realizada, por consiguiente, que se traduce en menos crecimiento económico y empleo (o salarios más altos). Y los bajos salarios, además del envejecimiento demográfico, completan un sudoku de difícil solución. Mientras nadie adopte reformas estructurales para estimular el consumo, y por ende un mayor crecimiento económico, no habrá recuperación posible. Y, para ello, se necesita algo más que planes fiscales o estímulos fáciles del BOJ.

Los riesgos, por último, se pueden resumir en tres puntos. En primer lugar, la desaceleración económica china está teniendo efectos negativos sobre otras economías asiáticas. Por cada punto porcentual que deja de crecer China, los países asiáticos pierden tres décimas. Segundo, las políticas monetarias expansivas en Japón, y la subsiguiente devaluación del yen, también pueden afectar negativamente al comercio exterior de países como Corea o Taiwán. Ya hay quien teme otra guerra de divisas desde China, Japón, Estados Unidos y la Unión Europea. Por otra parte, el abaratamiento de las materias primas seguirá teniendo efectos adversos sobre países dependientes como Indonesia o Malasia. Las tasas de crecimiento en ambas naciones están moderándose sensiblemente. En Malasia, por ejemplo, siguen aumentando los ratios de deuda corporativa sobre PIB. Indonesia continúa sufriendo una fuga de capitales importante. Su bolsa, sin ir más lejos, lleva perdido un 11% estos últimos doce meses. Pero las economías asiáticas están hoy mucho mejor preparadas que cuando estallara la última crisis regional de 1997-98. No conviene olvidar, tampoco, que la integración regional y comercial es mucho mayor. El Asian Investment and Infraestructures Bank está evaluando proyectos cuyo montante total asciende al billón, con b, de dólares. China, sin ir más lejos, está liderando la inversión mundial en infraestructuras de transporte. Lo que hoy conocemos como “Nueva Ruta de la Seda” es una iniciativa china para liderar los intercambios comerciales entre Asia, África y Europa. Cuando nos referimos al sobrecalentamiento económico chino no debemos perder la perspectiva de una política exterior basada en unas relaciones comerciales sin precedentes históricos. Asia, solamente, requerirá ocho billones de dólares en infraestructuras entre 2010 y 2020. Además, desde una industria tan sobredimensionada como el acero, los chinos esperan colocar el veinte por ciento de toda su producción anual en todos estos países (doscientos millones de toneladas métricas).

La integración económica global, con epicentro en Asia-Pacífico, resulta clave para valorar adecuadamente los cambios que se están produciendo. El acuerdo comercial TPP, tanto cuantitativa como cualitativamente, también representa una oportunidad histórica para el continente. Firmado por Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Estados Unidos y Vietnam; incluye casi la mitad del PIB mundial. China, Rusia, Indonesia o Corea del Sur no son miembros de este ambicioso bloque, que también contempla una libre movilidad del capital y los trabajadores, si bien no descartan sumarse al mismo a medio-largo plazo. En cualquier caso, China también lleva años promoviendo otro acuerdo comercial alternativo, el Regional Comprehensive Economic Partnership (que incluye a los diez países del sudeste asiático más China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda). Con estos mimbres, y sin dejar de monitorizar los riesgos comentados anteriormente, las perspectivas no son del todo malas para el presente año 2016.

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Acerca de Alberto Lebrón (82 artículos)
Economista Investigador en Renmin University of China (中国人民大学) y Corresponsal para toda la Región del Pacífico desde 2009.

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